Mis pequeños placeres

Ahora que llevo unos días sin La Hija descubro cuanto echo en falta algunos pequeños placeres.

Y es que, cuando eres madre descubres inesperadas fuentes de satisfacción en cosas pequeñas y cotidianas que antes se diluían en tu día a día.  Aquí empiezo con una serie de ellos con los que seguro os identificáis más de una/o.

EL PODER DEL ABRAZO

Nunca nadie me había abrazado como lo hace La Hija. Algo que nunca olvidaré fue su primer abrazo, mucho antes de que llegase el beso, cuando era una bebé. Fue tan intenso que sentí dolor de corazón. Sí, dolor físico.

Es difícil explicarlo con palabras pero la sensación fue que durante el abrazo el corazón se me contraía para al final expandirse hasta casi explotar, como si fuera un fuego artificial. Alguna otra vez he podido sentir esa intensidad y siempre con su cercanía. Desde ese primer abrazo me he hecho dependiente de ellos. Me he convertido en una abrazoadicta y sufro mono cuando la gente no me mece entre sus brazos.

Eso es muy extraño en alguien como yo que tienen como punto principal de la convivencia el escrupuloso respeto al espacio personal. Vamos que no soy de achuchones ni besuqueos… O al menos, no lo era.

Sin duda es maravilloso lo que se puede hacer solo con contacto físico y amor.