Ayer me dí un capricho. Porque me lo merezco.  ¡Ea! Y he decidido que a partir de ahora me daré, al menos, uno al mes que para eso llevo tres años en el dique seco de automimitos.

Mi primera escapada consistía en una salida rápida para hacerme la manicura. Y ya que lo hago después de muuuucho tiempo; pues que me dure. Por eso me decanté por la llamada “permanente”.

Se trata de, además de poner la laca de uñas del color elegido, añadir una especie de fijador que hace que el esmalte sea indestructible. Vamos que te pegan el color a las uñas y te lo fijan con una de las esas maravillosas máquinas de luz violeta.

El tiempo que empleas en la manicura es poco más que en el caso tradicional. El rato que en la manicura normal pasas esperando que se seque la laca, en la permanente lo haces con las manos metidas en la máquina de luz.

Lo bueno es el resultado. Cuando sacas tus maravillosas y relucientes manitas… puedes tocar y hacer lo que te plazca. Metes la mano en el bolso, pagas, sacas las llaves, te colocas el flequillo… Y sin marcas.

Ya  estás preparada para llegar a casa y empezar a preparar la cena, fregar todas las sartenes acumuladas y quitarle el pañal a tu bebé sin que tu look sufra lo más mínimo. Con chándal pero arreglada que para eso somos (como diría la sabia progenitora del Gremlin) Trendy Mathers.

¡Y no tengo fotos propias porque hoy se me ha jodido el móvil! Mejor no preguntéis.

2 Comentarios

  1. Que guay! Yo le he descubierto hace poco y me la haré para la boda de mi hermana. He visto los resultados y es maravilloso y comodísimo, apto para madres ajetreadas como nosotras sin tiempo y con mucho quehacer en casa!

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