Y yo creía que las rabietas se habían terminado… ¡Ja!

Ay ingenua de mí. Qué pardilla he sido en esto de la maternidad. ¿Por qué nadie añade un módulo especial en las clases de preparación al parto y “de verdad” te preparan para esto de ser madre? Oigan, que está muy bien eso de aprender a resoplar cual ballena jadeante pero… lo peor no es el parto, es lo que viene después: el resto de tu vida como madre.

Yo pensaba que tras los llantos y pataleos padecido a la tierna edad de dos años el tema rabietas había desaparecido de nuestras vidas. Tiempo después volvemos a la carga. La única diferencia es que ahora cambiamos de técnica. Ya no nos  rebozarnos cual croqueta por los suelos; somos muy princesa y eso supondría ensuciarnos. Además, ya hemos desarrollado nuestra dignidad y no es plan de mancillarla.

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Hemos cambiado “la croqueta” por las sentadillas tipo indio acompañadas por un cruzar de brazos de tal calibre que podría cortarle la respiración y morros cual si de un afroamericano zumbón se tratase (no podemos decir negro porque hay que ser políticamente correcto). Solo le falta amenazarme con no respirar.

Así nos ponemos en cualquier sitio: la calle, el parque, nuestra casa, el pasillo del supermercado montando caravana de carros… Y ahora me pregunto ¿qué era mejor la rabieta con “croqueta” incluida o las sentadas silenciosas con “morros”? Una cosa sí os puedo asegurar, he ganado en silencio.